martes, 9 de febrero de 2010

Recortes de un momento…

A E que un día llego y se anclo fuerte, pero así también se fue y para no volver nunca al puerto…



Durante el ocaso del día, observo al fondo los montes ensombrecidos por las nubes que traen noticias de una próxima tormenta y junto con ellas una fresca brisa que toca suavemente a los árboles y las flores que emergen de la roca volcánica.


Mirando ese paisaje aguardo tu llegada para compartir ese momento y caminar agarrados de la mano hasta donde nos alcancé el tiempo.




Solo se que debo callar para poder seguir pronunciando tu nombre, solo se que debo guardar silencio para no alimentar las voces que ya de por si murmuran.

Y es que este deseo tan grande de poderlo gritar se esfuma cada ves que lo nuestro parece prohibido, no permitido, censurado, mal visto…


Es por eso que debo callar, y no pronunciar tu nombre con la fuerza que mi corazón late al recordarte, al tan solo verte por un momento pasar.

Sí lo grito, pero es cuando la ausencia de tu presencia me invade y al hacerlo me aseguro que no estés cerca, quiero que sea un grito que no se oiga y solo tenga como testigo la oscuridad de la noche.

Solo se que, quiero creer, por el momento debo callar para aguardar tu llegada y no perderte de vista.





Si, alce la voz y dije tu nombre al tiempo que las olas se llevaban el recuerdo que de ti guardaba fuertemente en mi corazón. Y es que he comprendido que no puedo seguir con este sentimiento si saber si quiera si acaso alguna vez fue correspondido, y si alce la voz y dije tu nombre mientras se perdia en la inmesidad del mar, y mi corazón se vaciaba dando paso a un fuerte dolor...




lunes, 25 de enero de 2010

Una decisión

En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea memoria de una piedra
sepultada entre ortigas. Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde pena y dichos no sean más que nombres, donde al fin quede libre
sin saberlo yo mismo, allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
Luis Cernuda, 1932.


A Siul, dondequiera que se encuentre...
El regreso a la Ciudad de México, no fue fácil, pero la decisión ya estaba tomada y en mi cabeza resonaba esa lección –Date a respetar, manteniéndote firme en las decisiones que tomes- y así lo hice pero los días que vendrían después serían toda una cadena de sinsabores hasta por la vida misma.

Cada paso alimentaba mi duda, y un dolor indescriptible, más que de ánimo era físico, atacaba mi corazón. Los pensamientos eran tan confusos que nublaban mi vista. No lo voy a negar sentía un impulso de libertad y cierta fuerza interna el haber tomado esa decisión; al ir por las calles con mi maleta pensé yo que huía de mi mismo, pero ¡miserable de mi! Trajéme a mí conmigo y traje mi mayor enemigo.

Al entrar el autobús por la Av. Zaragoza, tuve una yuxtaposición de imágenes que se agolpaban sin dejarme pensar con claridad lo que veía. Una ciudad gris, no como se ve en las películas que es el color de Europa, sino un ambiente grisáceo triste, enfermo. Llena de carros pitando todo el tiempo, gente con un semblante que reflejaba desesperación en su deambular. Esa sería en adelante mi vida misma.

Ante la extrañez de los operadores, me baje en san Lázaro, cuando mi boleto decía que mi arribo sería en la central de autobuses del norte. Fue así, porque al reconocer la TAPO por la ventanilla esta queda cerca de la casa de mi familia.

Ahora recuerdo que jamás me peso mover la maleta, fue tal mi costumbre con ella, que no la vi nunca como un estorbo ni me peso como debería quizás eso fue lo que más extrañe haber dejado, fue eso, el no estar en un solo lugar. Y ahora me sentía como la mar en calma, cual agua estancada no tiene dirección alguna destinada a evaporarse sin dejar rastro de su existencia.

Pronto me emplee como mostrador en una tienda cercana a la glorieta de Insurgentes, era un trabajo de medio tiempo, al salir por las tardes trataba de reconocerme de nuevo en las calles de la ciudad, me sentía tan ajeno, que decidí ganarme un espacio en medio de todo ese asfalto que se levanta, de personas que van y vienen insensibles de si mismas por el marcar y paso del tiempo. Un espacio a reconquistar, pero ahora solo y con el peso de que en esta ocasión por decisión propia, el haber dejado una vida quizás ya resuelta y que me daba más sensación de promesa que esto.

En su momento creí que fue lo mejor, pero recuerdo y no se sentía así de vacio el momento pasado del que creí había huido. Por las noches seriamente me pregunto -Carajo ¿Qué es la felicidad?-